¡ESTOY EMBARAZADA! Y AHORA… ¿QUÉ HAGO?

¡Estoy embarazada! Estaba feliz cuando me enteré, pero también muy nerviosa, mi vida  cambiaría para siempre. ¿Estoy preparada? ¿Seré una buena madre? ¿Podré con todo? Miles de preguntas invadieron mi cabeza y empecé a sentir miedo… ¿Y ahora? ¿Qué hago? ¿A quién le llamo? ¿Me tomo el ácido fólico como la anuncian en la televisión? Bueno, primero tengo que saber qué es el famoso ácido fólico y para qué sirve… ¡Ahh, tantas cosas!

 

Calma, calma, si así estás al principio… ¡imagina cuando llegue el bebé! Tienes que estar calmada, tú puedes con esto, me dije a mi misma y respiré lentamente (apliqué esa de cuenta hasta diez); después de un rato (algo así como después de contar hasta mil porque los diez no sirvieron mucho), decidí que si ya estaba preocupada, no quedaba otra que ocuparme, así que hice una lista de todas las dudas que tenía para saber qué seguía en esta aventura que cambiaría mi vida para siempre.

 

Esa guía me ayudó mucho, y como sé que muchas de ustedes están pasando por lo que pasé, les comparto algunas de las cosas que hice.

 

  1. Visité al ginecólogo.

 

La prueba salió positiva pero tenía que asegurarme, así que hice una cita con mi doctor de confianza (ginecólogo) para precisar las semanas de gestación, y seguir todas sus recomendaciones. Recuerdo que el doctor  me mandó a hacer estudios de todo, desde los niveles de colesterol hasta para saber si tenía VIH; todo salió bien y ya sólo me pidió regresar cada mes para una revisión de control. ¡Ah! Y sí, sí me dio ácido fólico y vitaminas.

 

  1. Me informé.

 

Además de preguntarle mil cosas al doctor, me puse a investigar por mi cuenta, leía acerca de los síntomas como las náuseas, sobre las estrías, sobre el peso aproximado que debía subir por mes, sobre los mitos y sobre todo lo que se me ocurrió.

 

  1. Suspendí todos mis malos hábitos.

 

Adiós cigarro y adiós alcohol, esas noches de fiesta se acabaron, no es que no pudiera salir más, pero prefería quedarme en casa en un ambiente tranquilo. Así que también le dije adiós a las desveladas.

 

  1. Inicié nuevos y saludables hábitos.

 

Me deje de excusas y empecé a tomar las riendas de mi vida; empecé a dormir con un horario, a comer sano y a mis horas, sin saltarme comidas. También empecé a hacer algo de ejercicio, no digo que me fui al gym a hacer pesas, pero sí empecé a tomar largas caminatas. Y así todo lo que sabía que me afectaba, lo dejé… o al menos traté.

 

  1. Analicé y administré mis finanzas.

 

Recuerdo que antes pasaba por una tienda y si veía algo que me gustaba lo compraba, sin detenerme a pensar si era algo que necesitaba o no. Pero sabía que ya no podía hacer lo mismo porque los bebés no son nada baratos, hay que pagar las consultas con el ginecólogo, pensar en el costo del parto, los gastos que vienen después… que si el pañal, que si la fórmula. Así que hice un plan, primero quité de mi salario los gastos básicos que tenía que pagar (luz, agua, renta…), luego me hice consciente del dinero que desperdiciaba en los famosos gastos hormigas o en cosas que podía evitar, como comer fuera de casa; después de ver lo que “sobraba”, hice apartados: para el ginecólogo, para el parto, para los pañales. No lo niego, fue difícil acostumbrarme, pero sé que fue algo que me ayudó a evitar mucho estrés para la llegada del bebé.

 

  1. Decidí cuándo hacerlo público.

 

Sí, estaba emocionada porque me convertiría en mamá, pero tampoco quería generar muchas expectativas hasta que pasaran los tres meses porque sé que uno de cada tres embarazos acaban en pérdida en el primer trimestre; si eso pasaba, solo quería compartirlo con mi pareja, no con el Facebook entero. Además, ese tiempo me sirvió para analizar los cambios que se venían en mi vida, así como para disfrutar de la intimidad con mi pareja, sin ningún tipo de presión.

     7. Me adelanté a cualquier situación inesperada.

 

Puede sonar extremista, pero necesitaba estar preparada para lo que viniera, sabía que no todo sería color de rosa, así que imaginé los escenarios más desastrosos y me puse a pensar en lo que haría si sucediera algo completamente inesperado, desde la pérdida del bebé hasta la ruptura con mi pareja. Claro que eso no me garantizaba menos dolor o menos preocupaciones, pero ya tenía una ligera idea de hacia dónde moverme.

     8. Acepté los cambios que tendría mi cuerpo.

 

No es que le dijera adiós a los cuadritos de mi abdomen, no les voy a mentir diciéndoles que tenía un cuerpazo, pero acepté que éste iba a cambiar; y no sólo porque me iba a crecer la panza, también porque sabía que vendrían cambios de todo tipo, desde mi humor, hasta la relación con mi pareja, así que me preparé para esos cambios.

     

   9. Busqué nombres.

 

Soy súper indecisa y sabía que podía tardar años decidiendo el nombre de mi futuro bebé, así que empecé a buscar nombres pasando el primer trimestre, tanto de hombre como de mujer, pues aún no sabía el sexo.

 

  1. Compartí mi felicidad.

 

Cuando finalmente asimilé mi embarazo y pasó el primer trimestre, estuve lista para gritarle al mundo que iba a ser mamá.

 

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